reydepilos
jueves, 9 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
PROLEGÓMENOS A LA ETERNIDAD
... estaba en mi salón sentado en el sofá y una mosca enorme ha entrado volando por la terraza. Sé que es una tontería explicar que lo hizo volando, quiero decir, una mosca nunca va a entrar caminando, pero así fue.
Entró zumbando como un zeppelín.
Como una Harley Davison de mosca. Y se golpeó contra las cuatro paredes de mi pisito. Sin dejar de zumbar: como una sirena de bomberos.
De pared a pared. Golpeándose. Girando el aire. Y de repente se acercó al aplique de la pared –atraída por la bombilla, supongo– y se metió dentro. Zumbó una, dos, tres veces. Y ya no se escuchó más. Se había quemado.
La mosca se había inmolado en mi aplique. Había ardido en contacto con la bombilla.
Se había muerto de calor la mosca. Se había muerto abrasada.
No pudo elegir mi mosca. Su condición de insecto la acercó a la bombilla, y la bombilla acabó con su condición de insecto.
Acabó con todo.
Pero yo seguía allí, impertérrito, sentado en mi sofá, oliendo el suave tufillo a mosca a la brasa y pensando: que paradoja. Que puta que es la vida. Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad.
Bueno, la verdad es que esto último lo pensó Nabokov
Así que me he decidido a inmortalizarla. Adoptar su imagen en su memoria. Porque es importante escribir sobre las moscas. Lo decía Machado y lo cantaba Serrat (lo cantaba Serrat en el disco de Machado).
martes, 31 de mayo de 2011
ONLY ONE FUCKING KISS (AGOSTO - SUMMER ENDS)
Agosto
Durante la primera semana en la piscina, G se hace experto en miradas: aprende a mirar “como quién no quiere la cosa”, a deslizar la vista con ojos quietos “como mirando sin ver”, a lanzar “miradas furtivas”, a realizar una masculina “caída de ojos”. En todo momento la observa a ella, rotando sobre la toalla para no parecer la corteza de un huevo kínder. La observa a ella y a su diminuto bikini negro.
En el transcurso de la segunda semana, G traba amistad con un holandés sexagenario que fue nadador olímpico. El abuelo todavía es capaz de recorrerse la piscina de un extremo a otro buceando. Todos los guiris flipan. G escucha algunos trucos acerca de la ondulación correcta de las piernas que le harán ganar velocidad y prueba suerte. Hacia la mitad de la distancia que tiene que recorrer en las profundidades azules siente como están a punto de explotarle los pulmones. Con el pensamiento fijo en la nieta de la guiri realiza un último esfuerzo que le ayuda a alcanzar la pared sin perder el conocimiento. Mareado, al salir del agua para tomar aire con el pecho agitado solo la busca a ella, que no está mirando. El resto de guiris flipan. G llega a la conclusión de que los guiris flipan por todo.
La tercera semana G cae en la cuenta de que apenas restan quince días para que terminen las vacaciones y la vuelta al cole le separe físicamente de la belleza anglosajona. Tiene que acelerar el proceso, provocar que suceda algo.
La situación idónea llega por si sola: la nieta de la guiri, que no abandona el perímetro de su toalla más que para humedecerse la piel en la ducha, comienza a dar grititos y a hacer aspavientos con la mano derecha. Le ha picado una abeja cuando se dirigía a abrir el grifo. G, intrépido, se acerca hasta ella y le hace un gesto como pidiendo que le enseñe la extremidad herida. La guiri le enseña la mano en la que, a altura del dedo corazón, comienza a inflamarse la franja de piel que ha recibido el aguijón. G, sin saber realmente qué está haciendo, aferra firmemente la delicada muñeca de su amada y pega ambos labios sobre el absceso que crece por momentos, succionando con fuerza como si fuera a extraer el veneno de una mamba negra del desierto australiano.
La nieta de la guiri se ríe y enseña todos los braquets, bien porque G le hace cosquillas con su técnica de succión a lo cocodrilo Dundee o bien porque G hace un ruido como de sorber sopa con su técnica de succión a lo cocodrilo Dundee.
La nieta de la guiri se ríe y eso siempre es buena señal.
La última semana de agosto dura un suspiro. Los días se suceden raudos y veloces cuando se es feliz –instante de reflexión– como si el tiempo se acelerase para darte alcance y recordarte que todo lo bueno es breve (o todo lo breve es bueno). G pasa las tardes hablando con la guiri en un lenguaje que solo comprenden ellos formado por palabras en inglés, vocablos castellanos y mímica universal.
La noche de su despedida, G acude al baile de los guiris para encontrarse con ella y dar juntos un último paseo al abrigo de las sombras. Los dos se alejan con pasos torpes del remix de Waterloo, callados y nerviosos por algo que no aciertan a describir, pero se intuye en el ambiente.
G, que para entonces ha mejorado notablemente su comunicación con ella, le hace entender que le gusta. Nada más. No le habla de amor. Del amor que le hace salir del chalet a las tres y media de la tarde, cuando el sol amenaza con derretirle los sesos, para observarla furtivamente dormir sobre la tumbona, rodeada de ese aura de naturaleza congelada. El amor que le ha convertido en el mejor buceador de once años que haya pisado la piscina de la Torreta 2. El amor que ha sido la única ocupación formal a la que se ha dedicado durante todo el verano.
Ella le contesta que tiene un boyfriend esperándola en Reino Unido. Y G, que está a punto de vomitar su corazón de puros nervios, aguanta el disparo a bocajarro de pie, sin mover un solo músculo facial, sin manifestar exteriormente la tormenta de emociones que acaba de desatársele en la boca del estómago.
G deja a la nieta de la guiri en la puerta de su chalet, en el porche a oscuras donde gobierna el zumbido de las cigarras. Y la despide mudo, olvidado al instante todo el inglés que ha aprendido en los últimos días: una hábil maniobra de su subconsciente que le libera de aquello que ya no necesita, aligerando el peso del cerebro que ahora debe soportar la inmensa pena de su ausencia.
Pedalea de vuelta en la vieja BH y lo hace con fuerza, sintiendo el pulso acelerado en los muslos tirantes por el esfuerzo. Pedalea y con cada vuelta de cadena tiene la impresión de que se agrava la sensación de absoluto fracaso. A escasos metros de las luces del porche del chalet familiar clava el freno y apoya el pie derecho en tierra. Un aleteo de pensamiento, una certeza por el rabillo de ojo, un querer rebelarse contra las fuerzas invisibles que rigen el mundo desde el otro lado del espejo.
Vuelve al lugar de la despedida y empapado en la emoción presiona el diminuto timbre de la entrada. La nieta de la guiri reaparece con cara de ansiedad mal disimulada. G hace gala de su recuperación lingüística y con un vocabulario de traductor experto le explica, sucintamente, que de ninguna de las maneras posibles y por haber puede coger ese vuelo al día siguiente sin haberle dado antes un beso.
Un beso, a kiss, only one fucking kiss. La nieta de la guiri sonríe en la penumbra y los hierros de su dentadura brillan como la madreperla (o eso piensa G, que nunca ha visto la ha visto brillar). G espera el veredicto durante una hora, un segundo o dos, y contra todo pronóstico que hubiese podido realizar, la nieta de la guiri coge de la mano a G para alejarle de la residencia estival británica y posibles miradas inquisidoras.
La nieta de la guiri coge de la mano a G, palma caliente contra palma caliente, y le lleva asido hasta la sombra más cercana proporcionada por una palmera del jardín vecino. En medio de la atmósfera tórrida y ausente de luz, G siente como los brazos de ella le rodean el cuello y lo aproximan con brutal meticulosidad.
Summer ends
Un beso, a kiss, only one fucking kiss… Incluso los términos que G conocía en su lengua materna le parecieron insuficientes para describir aquello.
Así que yo no voy a tratar de hacerlo.
viernes, 27 de mayo de 2011
ONLY ONE FUCKING KISS (JULIO)
Julio
Al día siguiente, G se contempla en el espejo una y otra vez y juzga su nuevo aspecto como terriblemente fiero. Pero de una fiereza, seguramente, atractiva a las chicas. La fiereza de un pirata o un domador de leones que las noches de luna llena sale a plantar girasoles.
Los abuelos de G preparan un consistente cuenco de arroz con leche para que se lo ofrezca como postre a la guiri, en pago por los servicios de auxilio y transporte del herido. G desanda el camino de la pasada noche con el tazón entre las manos reprimiendo a duras penas la tentación de introducir un dedo en el jugoso arroz y lamberlo como a un helado. G timbra en la casa de la guiri y no contesta nadie. G vuelve a timbrar sin demasiada insistencia, entendiendo que una respuesta negativa de la guiri es un triunfo para su estómago, y esta vez escucha los leves pasos de unos pies descalzos que se acercan a abrir. El rostro que G contempla tras la puerta por muy poco no consigue que el felpudo termine recubierto de pastoso arroz con leche.
Una cara de rubicundo ángel bronceado por el sol abrasador del verano alicantino. Los ojos de un intenso azul, la nariz llena de pecas, las pequeños pechos marcados bajo la camiseta blanca de tiras… G está totalmente embobado y apenas alcanza a pronunciar un atropello de palabras de agradecimiento, mientras adelanta el cuenco hacia la visión celestial que ha obnubilado sus sentidos. La nieta de la guiri le mira con cara no entender nada de lo que está ocurriendo y sonríe con una boca llena de braquets al niño desconocido del diente roto que le ofrenda el postre. Luego lanza un grito anglosajón que fonéticamente se asemeja a un bramido de guerra vikingo (/grandma!/) hacia el interior del chalet y reaparece la guiri abuela, que si entiende lo que G quiere decir y acepta encantada el tazón después de que él le enseñe la dentadura mellada.
La abuela de G cree que su nieto ha sufrido una insolación y se culpa en voz alta de haberle enviado como recadero con el sol en su cenit. G no da señales de estar prestando atención al estentóreo espectáculo de flagelación familiar y rasca con una cuchara sopera los restos pegados de arroz con leche que han quedado en el puchero, hundido en la mecedora y con toda la pinta de alguien que acaba de retornar tras algunos meses de abducción extraterrestre en una nave exploratoria de galaxias muy muy lejanas.
Las actividades estivales cesan repentinamente para G. Se termina el pedalear con nocturnidad, jugar al escondite o saquear sin tregua la higuera del alemán. G permanece largas horas sentado en el pequeño tramo de escaleras que ascienden hasta la terraza del chalet, pensando en la nieta de la guiri, escribiendo su nombre en la gravilla y murmurando para sí frases que de ser pronunciadas según los ensayos harían temblar las rodillas de Bridgitte Bardot en los tiempos que fue el pivón mundial definitivo.
Las discretas labores de espionaje que lleva a cabo en las horas restantes rápidamente le proporcionan una idea bastante ajustada de la rutina diaria de la familia guiri: amanecen con el sol, como buenos británicos, y tras desayunar copiosamente el padre guiri, un pelirrojo enorme que luce el tatuaje de un nudo marinero en el brazo izquierdo, carga el monovolumen con el material técnico del experto bañista en playa: tres sombrillas, varias esterillas, un par de sillas reclinables y el kit de palas para construir castillos de arena al estilo Camelot, arrancando hacia la costa para no volver hasta la hora de comer. Después, práctica de la idiosincrasia local durante dos horas y tras levantarse de la siesta baño en la piscina de su torreta, la Torreta 2. Cena escueta y bailoteo en el bar de guiris para bajar el desayuno, que de seguro todavía no han digerido.
G llega a la conclusión de que la piscina es el entorno idóneo para presentar batalla. Muy a su pesar recaba en que tiene prohibido el acceso porque él pertenece a la torreta colindante y en términos de jurisdicción el agua de los vecinos guiris le está vedada. G ayuda a su abuela varias mañanas en la cocina y le sustrae la información que necesita. Presto, se dirige a paso vivo hacia un adosado de ventanas amarillas y bien visible ante la entrada se deja caer al suelo escandalosamente, víctima de un fingido golpe de calor. La amiga de su abuela, que reconoce al “nieto de”, llama a su marido, el cual ayuda a G a sentarse en un confortable sofá del interior del inmueble donde el aire acondicionado y un vaso de agua parecen reanimarlo.
G, tembloroso, entabla una conversación con el matrimonio de ancianos, culpando de sus continuos ataques y desvanecimientos a las altas temperaturas de la tarde y a su baja tensión, predeterminada por una anomalía genética heredada de un bisabuelo, pero sobre todo a la incapacidad de tomarse un buen baño dada la ausencia de piscina en la Torreta 3.
––No como en la de los vecinos…––suspira.
La amiga de la abuela de G, que asiste al parlamento del “nieto de” con mirada atribulada ante el espectáculo de semejantes penurias y penalidades, le explica que ella tiene un paquete de bonos para poder usar la piscina: la parte trasera del adosado sobrepasa los lindes entre ambas torretas y los gestores de la propiedad se los otorgaron por ser un caso especial. La amiga de la abuela de G dice ser demasiado mayor para disfrutar de esas cosas, le agota el ruido de los niños y tiene miedo de resbalar algún día y partirse un hueso contra los márgenes del vaso.
Ella prefiere pasear con su marido al caer las sombras, o colocar el aire acondicionado en la posición de hielo polar y beberse litro y medio de limonada. El marido regresa al salón con el paquete de bonos que G acepta con gesto fingidamente sorprendido, después sale de allí dispuesto a ganar la guerra.
lunes, 23 de mayo de 2011
ONLY ONE FUCKING KISS (JUNIO)
En esta semana de calor y de exámenes, una semana con olor a bibliotecaria sudada, me ocurre lo de siempre: cuanto más debo centrarme en una tarea específica (véase: aprobar algo), más se empeña mi mente en alejarme de ella.
El tiempo que no está escondido, G lo emplea en gastar su exceso de fuerzas. Su medio de transporte es una vieja BH Gacela heredada de su madre. A G le gusta pedalear con fuerza para sentir el viento en la cara, le gusta pedalear hasta alcanzar lo que él considera lo más humanamente cercano a la velocidad del sonido y despegar las manos del manillar, levantando los brazos en cruz como un ave marina planeando en la corriente de aire caliente.
Busco recluirme detrás de paredes forradas de libros y lo único que pienso es en escribirlos.
Busco olvidar los impulsos de playa que me llaman desde la goma de las chanclas y lo único que consigo es divagar acerca de los veranos de mi vida, de todo lo que trae consigo la estimulación estival de la melanina: divago acerca del mar, la arena, los bikinis, los botellones en pantalón corto, los cines al aire libre, el olor del calor por las noches...
¿Ya he citado bikinis?.
Y he divagado mucho sobre un verano en concreto. El último verano verdadero de mi inocente y desconcertada infancia:
Y he divagado mucho sobre un verano en concreto. El último verano verdadero de mi inocente y desconcertada infancia:
Junio
Los abuelos de G tienen un chalet en Torrevieja, no ganaron el famoso concurso de la cadena nacional de televisión, aunque puede que en su momento lo compraran motivados por el boom inmobiliario producto de la publicidad del mismo; la gracia radica en que, en la torreta, la Torreta 3, donde veranean los abuelos de G (quizás veranear no sea el término exacto: huyen al sur a mediados de abril y no vuelven hasta octubre), pasan la mitad del año todos los vecinos de la ciudad de origen que siguieron su ejemplo. Es decir, en la zona donde tienen su chalet los abuelos de G, también tienen su chalet todos los vecinos del barrio de toda la vida.
Esto al principio es divertido para G porque su condición de “nieto de” le otorga operatividad plena en una amplia mayoría de terrazas convecinales, ampliando los límites de un patio de juegos que cuenta, ya de por sí, con unas dimensiones desproporcionadas. Pero termina por aburrirle escuchar siempre las mismas viejas historias de familia.
Los veranos de G transcurren al sol y sombra de las esquinas de aquel reducto de norteños en plena Costa Blanca, tirando piedras a los gatos, robando higos del huerto del alemán y jugando al escondite con el resto de “nietos de” en una vía secundaria en la que los coches aparcados y los recovecos de las casas proporcionan el amparo perfecto para no ser descubiertos.
G siempre recordará una de las partidas: todos los escondidos que habían renunciado obligatoriamente a su condición aguardaban en casa, el murito al lado del buzón de correos desde el que se gritan los veinte segundos de rigor, a que el último de los jugadores consiguiera salvarse por él y por todos sus compañeros. Estaba quedando Alonso Pérez, Sito Pérez para los amigos, un madrileño muy rápido que jugaba en la primera división infantil del Atlético, y que pese a protestar siempre que le tocaba quedar, cuando lo hacía, lo hacía a conciencia.
G tenía un pésimo escondite, se le había salido una sandalia en la carrera al comenzar la cuenta atrás y tuvo que improvisar en un pequeño hueco entre dos macetas gigantes.
Las macetas estaban justo al lado de la carretera y bastaba con mirar con un poco de atención para recabar en el bulto inmóvil de rodillas pegadas al pecho. G estaba seguro de su derrota y sin embargo, había asistido perplejo al desfile del resto de participantes, caminando con estoica resignación, o a la carrera para trata de llegar antes que Sito. Hazaña épica nunca lograda. Solo se escuchaban los respectivos nombre propinados a manotazos sobre el buzón de correos. Indefensos pajarillos abatidos por una mano firme.
G se dio cuenta de que era la sombra proyectada por las enormes macetas lo que estaba consiguiendo camuflarle. Le estaba salvando la piel morena de sus piernas, la única parte visible de su cuerpo mimetizada con la oscuridad de su escondrijo. G se dio cuenta y se quitó la camiseta blanca y los pantalones de color caqui, apretándose más y ocultando la cabeza entre las rodillas. Sito Pérez, que empezaba a impacientarse, había gritado el nombre de G con acento de burla mientras delimitaba el ratio de búsqueda. G había llegado a sentir la presencia del madrileño tan cerca que hubiera podido levantar un brazo y tocarlo. Pero no se movió, ni tan siquiera puede asegurar que respirara. Sito Pérez había dado media vuelta y vuelto sobre sus pasos y en un movimiento fulgurante G se había puesto en pie de un salto, esprintando en calzones hacia el buzón y pronunciando la frase salvatoria entre jadeos. Súbita águila calzoncillar derrotando al más hábil de los cazadores.
G se dio cuenta de que era la sombra proyectada por las enormes macetas lo que estaba consiguiendo camuflarle. Le estaba salvando la piel morena de sus piernas, la única parte visible de su cuerpo mimetizada con la oscuridad de su escondrijo. G se dio cuenta y se quitó la camiseta blanca y los pantalones de color caqui, apretándose más y ocultando la cabeza entre las rodillas. Sito Pérez, que empezaba a impacientarse, había gritado el nombre de G con acento de burla mientras delimitaba el ratio de búsqueda. G había llegado a sentir la presencia del madrileño tan cerca que hubiera podido levantar un brazo y tocarlo. Pero no se movió, ni tan siquiera puede asegurar que respirara. Sito Pérez había dado media vuelta y vuelto sobre sus pasos y en un movimiento fulgurante G se había puesto en pie de un salto, esprintando en calzones hacia el buzón y pronunciando la frase salvatoria entre jadeos. Súbita águila calzoncillar derrotando al más hábil de los cazadores.
El tiempo que no está escondido, G lo emplea en gastar su exceso de fuerzas. Su medio de transporte es una vieja BH Gacela heredada de su madre. A G le gusta pedalear con fuerza para sentir el viento en la cara, le gusta pedalear hasta alcanzar lo que él considera lo más humanamente cercano a la velocidad del sonido y despegar las manos del manillar, levantando los brazos en cruz como un ave marina planeando en la corriente de aire caliente.
Cuando caen las sombras, calza la bobina sobre la cubierta delantera y con el movimiento de la rueda proporciona energía a la lamparita sujeta en la parte posterior del cuadro: cuanto más deprisa rueda la bicicleta, más luz desprende la bombilla.
Una de aquellas noches de luna anaranjada y calor despótico, G está tan inmerso en que la frecuencia rotativa de sus piernas alcance la máxima potencia lumínica que no ve venir al perro del alemán. Quiere girar en redondo con maniobra evasiva, pero va demasiado rápido y la rueda trasera derrapa en la grava. G, sin licencias narrativas, vuela por el aire varios cientos de metros hasta estrellarse de bruces contra el suelo. G se rompe el incisivo derecho contra el asfalto y llora de dolor. A sus gritos de socorro responde el alma caritativa de una guiri que habita el chalet más cercano al lugar del siniestro. La guiri levanta a G en volandas, que se retuerce entre sollozos, y lo lleva asido contra su pecho hasta el chalet de sus abuelos.
Al abrigo del hogar, a G le hacen enjuagarse repetidas veces con un antiséptico bucal que sabe a matarratas (G nunca ha probado el matarratas, se figura que ese debe ser su sabor) y tragar una pastilla que mitiga el dolor y le vuelve presa de un profundo sopor, no tardando en caer rendido en un sueño reparador.
(...)
viernes, 20 de mayo de 2011
Y LOS SUEÑOS CINE SON (1)
Hoy es viernes y no me apetece trabajar. Así que recurro a trabajo de campo para publicar (pareado laboral).
Quién no ha enarbolado alguna vez una zanahoria en la cocina y gritado:
La presentación de un proyecto relacionado con el cine que nunca salió a la luz:
"Cuando era niño había una película de dibujos animados, “Fievel va al Oeste”, que le pedía a mi madre que me pusiera casi cada día. Al terminar la aventura de Fievel, con final feliz, el sheriff Wylie Perrales le llama a su lado y juntos, sentados sobre un peñasco del árido desierto, contemplan la puesta de sol en el horizonte. El sheriff le dice: No olvides una cosa Fievel: el atardecer de un hombre es el amanecer de otro. Yo no sé que hay detrás de esas montañas, pero si cabalgas hacia allá con la frente en alto, la mirada fija y el corazón dispuesto... algún día descubrirás que tu mismo eres el héroe que has estado buscando.
Veinte años después, todavía me recorre el cuerpo un estremecimiento de emoción al recordar la voz, quebrada y con acento latino, del viejo sheriff que hablaba con ojos entrecerrados ante la luz del poniente.
Sin apostatar: cada uno de nosotros porta en su interior una película, una secuencia o un solo fotograma que le remonta al universo particular que plasmase el film. Ese recuerdo es, muchas veces, más completo que el que puedas guardar de una buena novela o un gran disco, porque el auténtico cine consigue aunar todas las artes.
Ningún arte transciende nuestra conciencia de la forma en que lo hace el séptimo (que diría Bergman), dirigiéndose directamente hasta nuestros sentimientos, adentrándose en las oscuras habitaciones de nuestras almas.
––Juro por dios que nunca volveré a pasar hambre.
O dicho con voz estentórea.
––Que la fuerza te acompañe. ––cuando envías a tu hermana, o hermano, a comprar el pan.
Leyendas como Scarlett O´Hara, su imagen enhiesta ante un cielo por primera vez azul, o el plantel completo de amigos de Skywalker, trascendieron más allá del rectángulo de tela en blanco, no por el impacto del inicio del color o el poder de la ficción intergaláctica, si no porque el cine se nutre de los sueños, de las noches que hemos dormido al raso observando el firmamento y preguntándonos que habrá allá arriba, de las historias de valor en guerras que vivieron nuestros antepasados, de las expediciones hacia lo desconocido que, de niños, realizábamos a lomos de una bicicleta.
El invento del séptimo arte, como tal, se le acredita a dos hermanos franceses que proyectaros la llegada de una locomotora a la estación de Ciotat. En realidad la concepción de la cinematografía es anterior al siglo XIX. Las primeras películas de la historia humana todavía están escritas en las paredes de las cuevas, donde nuestros cazadores prehistóricos dibujaron a los bisontes con seis patas, tal y como ellos los percibían al huir de las lanzas. Algún tiempo después, un estagirita definiría la facultad de las tragedias griegas de purificar a los espectadores de sus propias bajas pasiones al involucrarse en la trama, Y que buscaban, sino la catársis, los miles de espectadores que crearon el mito en torno al Olimpo Hollywoodiense durante el crack de la bolsa del 29. Una butaca desde la que, al menos durante un par de horas, ver proyectados problemas que sufren otros: olvidar el despido inminente en la fábrica de coches, el bebé que está a punto de llegar, los rumores de movilización que escuchas en las cantinas y sumirte en la contemplación de “la Garbo” encarnando a Anna Christie.
El cine es más que evasión, más incluso que pasión: más que un proyeccionista ciego que cita palabras de Clark Gabble, un padre judío que juega al escondite con su hijo en un campo de concentración, una chica que encuentra un album con retratos de fotomatón reconstruídos o un humano con fecha de caducidad que ha visto cosas que no creeríamos.
Más, mucho más.
A lo largo de su historia, la industria filmica ha roto los esquemas de comportamiento social convencionales (la moda masculina desechaba las camisetas blancas de manga corta hasta que a Marlon Brando le desgarraron la suya), y cuando no los ha roto, directamente los ha fundado: "El buen sabor de Lucky es tan dulce y suave como la mejor canción de Mammy jamás escrita", afirmó Al Jolson en la película The jazz singer, y tres generaciones fumaron hasta en hospitales". (...)
miércoles, 18 de mayo de 2011
GAZELLA
Ayer te dejé. Te llevé de la mano hasta aquel desconocido y te dejé con él.
Porque me había cansado de ti: de que fueses tan de piñón fijo, de que solo te sintieses cómoda en la ciudad.
Hoy me pregunto si he hecho bien. Y la verdad: no puedo dejar de pensar en ti.
En la de veces que te puse a punto. En la primera vez que te monté. En la maravillosa sensación que me provocaba estar encima de ti. Me hacías sentir libre. Me hacías sentir a lomos de un antílope salvaje que corta el viento.
Sin embargo ayer te dejé.
Te dejé en manos de un impostor. Un mercader que te tratará como a un negocio. No conocerá tu historia, ni tu procedencia, ni el tiempo que hemos pasado juntos. No conocerá la de kilómetros que hemos recorrido tan pegados que parecíamos uno. No sabrá las ocasiones en la que fui yo el que tuvo que tirar de ti, cuando veía que te faltaba el aire.
Puede que no fueras la más rápida, ni la más bonita. Pero eras mía.
Y me torturo imaginando qué nuevas manos te acariciarán. Quién te guiará con nueva ilusión. Quién de todos ellos. Todos ellos que no son yo.
No sé si me echarás de menos. Yo sin dudarlo, a ti sí.
Y lo que siento es profundo agradecimiento: por las veces que creí volar gracias a ti, por lo fuertes que se volvieron mis piernas gracias a ti, por la cantidad de gasolina que me ahorré gracias a ti.
Mi corazón pedaleará contigo siempre, hermosa gacela de los hermanos Beistegui.
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