Busco recluirme detrás de paredes forradas de libros y lo único que pienso es en escribirlos.
Busco olvidar los impulsos de playa que me llaman desde la goma de las chanclas y lo único que consigo es divagar acerca de los veranos de mi vida, de todo lo que trae consigo la estimulación estival de la melanina: divago acerca del mar, la arena, los bikinis, los botellones en pantalón corto, los cines al aire libre, el olor del calor por las noches...
¿Ya he citado bikinis?.
Y he divagado mucho sobre un verano en concreto. El último verano verdadero de mi inocente y desconcertada infancia:
Y he divagado mucho sobre un verano en concreto. El último verano verdadero de mi inocente y desconcertada infancia:
Junio
Los abuelos de G tienen un chalet en Torrevieja, no ganaron el famoso concurso de la cadena nacional de televisión, aunque puede que en su momento lo compraran motivados por el boom inmobiliario producto de la publicidad del mismo; la gracia radica en que, en la torreta, la Torreta 3, donde veranean los abuelos de G (quizás veranear no sea el término exacto: huyen al sur a mediados de abril y no vuelven hasta octubre), pasan la mitad del año todos los vecinos de la ciudad de origen que siguieron su ejemplo. Es decir, en la zona donde tienen su chalet los abuelos de G, también tienen su chalet todos los vecinos del barrio de toda la vida.
Esto al principio es divertido para G porque su condición de “nieto de” le otorga operatividad plena en una amplia mayoría de terrazas convecinales, ampliando los límites de un patio de juegos que cuenta, ya de por sí, con unas dimensiones desproporcionadas. Pero termina por aburrirle escuchar siempre las mismas viejas historias de familia.
Los veranos de G transcurren al sol y sombra de las esquinas de aquel reducto de norteños en plena Costa Blanca, tirando piedras a los gatos, robando higos del huerto del alemán y jugando al escondite con el resto de “nietos de” en una vía secundaria en la que los coches aparcados y los recovecos de las casas proporcionan el amparo perfecto para no ser descubiertos.
G siempre recordará una de las partidas: todos los escondidos que habían renunciado obligatoriamente a su condición aguardaban en casa, el murito al lado del buzón de correos desde el que se gritan los veinte segundos de rigor, a que el último de los jugadores consiguiera salvarse por él y por todos sus compañeros. Estaba quedando Alonso Pérez, Sito Pérez para los amigos, un madrileño muy rápido que jugaba en la primera división infantil del Atlético, y que pese a protestar siempre que le tocaba quedar, cuando lo hacía, lo hacía a conciencia.
G tenía un pésimo escondite, se le había salido una sandalia en la carrera al comenzar la cuenta atrás y tuvo que improvisar en un pequeño hueco entre dos macetas gigantes.
Las macetas estaban justo al lado de la carretera y bastaba con mirar con un poco de atención para recabar en el bulto inmóvil de rodillas pegadas al pecho. G estaba seguro de su derrota y sin embargo, había asistido perplejo al desfile del resto de participantes, caminando con estoica resignación, o a la carrera para trata de llegar antes que Sito. Hazaña épica nunca lograda. Solo se escuchaban los respectivos nombre propinados a manotazos sobre el buzón de correos. Indefensos pajarillos abatidos por una mano firme.
G se dio cuenta de que era la sombra proyectada por las enormes macetas lo que estaba consiguiendo camuflarle. Le estaba salvando la piel morena de sus piernas, la única parte visible de su cuerpo mimetizada con la oscuridad de su escondrijo. G se dio cuenta y se quitó la camiseta blanca y los pantalones de color caqui, apretándose más y ocultando la cabeza entre las rodillas. Sito Pérez, que empezaba a impacientarse, había gritado el nombre de G con acento de burla mientras delimitaba el ratio de búsqueda. G había llegado a sentir la presencia del madrileño tan cerca que hubiera podido levantar un brazo y tocarlo. Pero no se movió, ni tan siquiera puede asegurar que respirara. Sito Pérez había dado media vuelta y vuelto sobre sus pasos y en un movimiento fulgurante G se había puesto en pie de un salto, esprintando en calzones hacia el buzón y pronunciando la frase salvatoria entre jadeos. Súbita águila calzoncillar derrotando al más hábil de los cazadores.
G se dio cuenta de que era la sombra proyectada por las enormes macetas lo que estaba consiguiendo camuflarle. Le estaba salvando la piel morena de sus piernas, la única parte visible de su cuerpo mimetizada con la oscuridad de su escondrijo. G se dio cuenta y se quitó la camiseta blanca y los pantalones de color caqui, apretándose más y ocultando la cabeza entre las rodillas. Sito Pérez, que empezaba a impacientarse, había gritado el nombre de G con acento de burla mientras delimitaba el ratio de búsqueda. G había llegado a sentir la presencia del madrileño tan cerca que hubiera podido levantar un brazo y tocarlo. Pero no se movió, ni tan siquiera puede asegurar que respirara. Sito Pérez había dado media vuelta y vuelto sobre sus pasos y en un movimiento fulgurante G se había puesto en pie de un salto, esprintando en calzones hacia el buzón y pronunciando la frase salvatoria entre jadeos. Súbita águila calzoncillar derrotando al más hábil de los cazadores.
El tiempo que no está escondido, G lo emplea en gastar su exceso de fuerzas. Su medio de transporte es una vieja BH Gacela heredada de su madre. A G le gusta pedalear con fuerza para sentir el viento en la cara, le gusta pedalear hasta alcanzar lo que él considera lo más humanamente cercano a la velocidad del sonido y despegar las manos del manillar, levantando los brazos en cruz como un ave marina planeando en la corriente de aire caliente.
Cuando caen las sombras, calza la bobina sobre la cubierta delantera y con el movimiento de la rueda proporciona energía a la lamparita sujeta en la parte posterior del cuadro: cuanto más deprisa rueda la bicicleta, más luz desprende la bombilla.
Una de aquellas noches de luna anaranjada y calor despótico, G está tan inmerso en que la frecuencia rotativa de sus piernas alcance la máxima potencia lumínica que no ve venir al perro del alemán. Quiere girar en redondo con maniobra evasiva, pero va demasiado rápido y la rueda trasera derrapa en la grava. G, sin licencias narrativas, vuela por el aire varios cientos de metros hasta estrellarse de bruces contra el suelo. G se rompe el incisivo derecho contra el asfalto y llora de dolor. A sus gritos de socorro responde el alma caritativa de una guiri que habita el chalet más cercano al lugar del siniestro. La guiri levanta a G en volandas, que se retuerce entre sollozos, y lo lleva asido contra su pecho hasta el chalet de sus abuelos.
Al abrigo del hogar, a G le hacen enjuagarse repetidas veces con un antiséptico bucal que sabe a matarratas (G nunca ha probado el matarratas, se figura que ese debe ser su sabor) y tragar una pastilla que mitiga el dolor y le vuelve presa de un profundo sopor, no tardando en caer rendido en un sueño reparador.
(...)




Me gustan las historias de la infancia...vienen siempre repletas de sonidos y olores característicos...
ResponderEliminarComo con las anteriores me pregunto si será verdad o solo fruto de una imaginación muy productiva...
Las historias de infancia molan, definitivamente.
ResponderEliminarPorque la infancia mola.
En el resto de etapas de nuestra vida bailamos al son de distintas músicas: la melodía del trabajo, de nuestra pareja, de las distintas responsabilidades.
Pero en la infancia somos bailarines solitarios, danzando al ritmo que solo nosotros escuchamos.
Algo así decía Carlos Marzal.
Y en cuanto a la imaginación y la verdad... Podría decir muchas cosas y ninguna. Creo que el acto de escribir es profundamente hedonista, se habla de las voces de los narradores, de las manera de entender el mundo. Yo no lo sé. Te diré que en mis textos siempre hay un componente autobiográfico muy potente, sino absoluto, aunque luego se entremezclen otras cosas, otras lecturas, otras visiones, otros recuerdos que no empiezan pero si terminan en mí.
Joder, que ensayista que me pongo.
Ja.
y olé!
ResponderEliminarDe ningun modo somos bailarines propios durante la infancia!!!
ResponderEliminarPerdoname los exclamativos principe, pero, si me permites; en la infancia somos esponjas que se llenan de tal llamado "growing up" por parte de nuestros pades. Tias & tios. Lo que se nos requiere. Incluso si cuentas con los padres mas permisivos; te observan manejado cada hilo de titere que somos.
Es personal y subjetivo.
La infancia no mola en absoluto. Para mi la infancia seria como un grito ahogado en los vestidos rosa y la sonrisa de nina buena. Buenisima, yo he sido la mejor.
take care