Julio
Al día siguiente, G se contempla en el espejo una y otra vez y juzga su nuevo aspecto como terriblemente fiero. Pero de una fiereza, seguramente, atractiva a las chicas. La fiereza de un pirata o un domador de leones que las noches de luna llena sale a plantar girasoles.
Los abuelos de G preparan un consistente cuenco de arroz con leche para que se lo ofrezca como postre a la guiri, en pago por los servicios de auxilio y transporte del herido. G desanda el camino de la pasada noche con el tazón entre las manos reprimiendo a duras penas la tentación de introducir un dedo en el jugoso arroz y lamberlo como a un helado. G timbra en la casa de la guiri y no contesta nadie. G vuelve a timbrar sin demasiada insistencia, entendiendo que una respuesta negativa de la guiri es un triunfo para su estómago, y esta vez escucha los leves pasos de unos pies descalzos que se acercan a abrir. El rostro que G contempla tras la puerta por muy poco no consigue que el felpudo termine recubierto de pastoso arroz con leche.
Una cara de rubicundo ángel bronceado por el sol abrasador del verano alicantino. Los ojos de un intenso azul, la nariz llena de pecas, las pequeños pechos marcados bajo la camiseta blanca de tiras… G está totalmente embobado y apenas alcanza a pronunciar un atropello de palabras de agradecimiento, mientras adelanta el cuenco hacia la visión celestial que ha obnubilado sus sentidos. La nieta de la guiri le mira con cara no entender nada de lo que está ocurriendo y sonríe con una boca llena de braquets al niño desconocido del diente roto que le ofrenda el postre. Luego lanza un grito anglosajón que fonéticamente se asemeja a un bramido de guerra vikingo (/grandma!/) hacia el interior del chalet y reaparece la guiri abuela, que si entiende lo que G quiere decir y acepta encantada el tazón después de que él le enseñe la dentadura mellada.
La abuela de G cree que su nieto ha sufrido una insolación y se culpa en voz alta de haberle enviado como recadero con el sol en su cenit. G no da señales de estar prestando atención al estentóreo espectáculo de flagelación familiar y rasca con una cuchara sopera los restos pegados de arroz con leche que han quedado en el puchero, hundido en la mecedora y con toda la pinta de alguien que acaba de retornar tras algunos meses de abducción extraterrestre en una nave exploratoria de galaxias muy muy lejanas.
Las actividades estivales cesan repentinamente para G. Se termina el pedalear con nocturnidad, jugar al escondite o saquear sin tregua la higuera del alemán. G permanece largas horas sentado en el pequeño tramo de escaleras que ascienden hasta la terraza del chalet, pensando en la nieta de la guiri, escribiendo su nombre en la gravilla y murmurando para sí frases que de ser pronunciadas según los ensayos harían temblar las rodillas de Bridgitte Bardot en los tiempos que fue el pivón mundial definitivo.
Las discretas labores de espionaje que lleva a cabo en las horas restantes rápidamente le proporcionan una idea bastante ajustada de la rutina diaria de la familia guiri: amanecen con el sol, como buenos británicos, y tras desayunar copiosamente el padre guiri, un pelirrojo enorme que luce el tatuaje de un nudo marinero en el brazo izquierdo, carga el monovolumen con el material técnico del experto bañista en playa: tres sombrillas, varias esterillas, un par de sillas reclinables y el kit de palas para construir castillos de arena al estilo Camelot, arrancando hacia la costa para no volver hasta la hora de comer. Después, práctica de la idiosincrasia local durante dos horas y tras levantarse de la siesta baño en la piscina de su torreta, la Torreta 2. Cena escueta y bailoteo en el bar de guiris para bajar el desayuno, que de seguro todavía no han digerido.
G llega a la conclusión de que la piscina es el entorno idóneo para presentar batalla. Muy a su pesar recaba en que tiene prohibido el acceso porque él pertenece a la torreta colindante y en términos de jurisdicción el agua de los vecinos guiris le está vedada. G ayuda a su abuela varias mañanas en la cocina y le sustrae la información que necesita. Presto, se dirige a paso vivo hacia un adosado de ventanas amarillas y bien visible ante la entrada se deja caer al suelo escandalosamente, víctima de un fingido golpe de calor. La amiga de su abuela, que reconoce al “nieto de”, llama a su marido, el cual ayuda a G a sentarse en un confortable sofá del interior del inmueble donde el aire acondicionado y un vaso de agua parecen reanimarlo.
G, tembloroso, entabla una conversación con el matrimonio de ancianos, culpando de sus continuos ataques y desvanecimientos a las altas temperaturas de la tarde y a su baja tensión, predeterminada por una anomalía genética heredada de un bisabuelo, pero sobre todo a la incapacidad de tomarse un buen baño dada la ausencia de piscina en la Torreta 3.
––No como en la de los vecinos…––suspira.
La amiga de la abuela de G, que asiste al parlamento del “nieto de” con mirada atribulada ante el espectáculo de semejantes penurias y penalidades, le explica que ella tiene un paquete de bonos para poder usar la piscina: la parte trasera del adosado sobrepasa los lindes entre ambas torretas y los gestores de la propiedad se los otorgaron por ser un caso especial. La amiga de la abuela de G dice ser demasiado mayor para disfrutar de esas cosas, le agota el ruido de los niños y tiene miedo de resbalar algún día y partirse un hueso contra los márgenes del vaso.
Ella prefiere pasear con su marido al caer las sombras, o colocar el aire acondicionado en la posición de hielo polar y beberse litro y medio de limonada. El marido regresa al salón con el paquete de bonos que G acepta con gesto fingidamente sorprendido, después sale de allí dispuesto a ganar la guerra.




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