viernes, 6 de mayo de 2011

ALMADRABA

Un festivo pasado volví al piso después de un viaje. Llegué al anochecer, hambriento como un perro con mucha hambre, y nada más entrar y dejar caer las maletas al lado de la puerta, me dirigí presuroso hacia la despensa.

Estaba vacía.

Quedaban unas miguitas, algunos restos de que allí hubo comida, pero nada que llevarme a la boca.

Abrí la nevera. Describo lo que vi: dos cartones rotos de los que envuelven los yogourts, un ajo pelado en un platito, un trozo de col podrida y una loncha de queso sobre papel de aluminio. Devoré la loncha de queso con tanta ansia que me mordí la punta del dedo índice.


Empecé a revolver los cajones con una desesperanza que latía al ritmo de los gruñido de mi tigre estomacal. Ansioso, febril, encontré una lata de atún detrás de los productos de limpieza.

Una lata de atún que estaba allí por error, lejos de su lugar natural. Quizás se había quedado en la bolsa de la compra y deslizado fuera. Quizás se había escapado sabedora de una muerte segura. Quizás el atún que llevaba dentro todavía estaba vivo y buscaba el agua que goteaba del tubo del fregadero.

Lo celebré cual gol en la final de la Champions, el alumbramiento del primogénito, el aprobado de un examen a la séptima convocatoria, la llegada de tu tema favorito en el directo. Hinqué las rodillas en la alfombra del salón y levanté la lata entre mis manos, como el sabio babuino Rafiki levantó a Simba para mostrarlo al reino animal (freak reference), bendiciendo la sagrada conserva.




El entusiasmo me duró poco. No encontraba el abrelatas y empecé a sentir que perdía la cordura.

Trate de abrir la lata con un cuchillo. El cuchillo se dobló en una L. Moraleja: no te fíes de la etiqueta que pone “cubertería indestructible” en el chino de tu barrio. Traté de abrir la lata ejerciendo presión sobre una esquina con una de las patas de la mesa. La lata se escurrió y yo me caí al suelo, la mesa también se cayó. Sobre mí. Traté de abrir la lata abriéndola con un objeto contundente. Busque por la casa un objeto de esas características y decidí que la pera de la ducha era la que más se ajustaba a la definición. Jodí la pera de la ducha. Traté de abrir la lata lanzándola contra la pared. Jodí la pared.

Me entraron muchas ganas de llorar. Me senté en el suelo y me abracé a mis rodillas mirando la lata, abollada, delante de mí. Empecé a pensar: pensé en la evolución humana, en mis antepasados corriendo por la jungla en taparrabos, descalzos y cazando mamuts con palos de madera. En el espíritu de superación de los homo sapiens sapiens capaces de erigir imperios, echarlos abajo, volverlos a levantar. En las grandes figuras de la historia. En Mozart, en Napoleón, en Einstein, en Velázquez, en Iniesta. Personas capaces de llevar a cabo gestas homéricas, sinfonías eternas, fórmulas que pretenden resolver la incompatibilidad existente entre la mecánica newtoniana y el electromagnetismo, goles que valen un mundial.



Pensaba en todos ellos y pensaba en mí derrotado por una puñetera lata de atún.

Y me dije: no, no va a poder contigo. Vas a salir victorioso de esta batalla. Estás siendo juzgado por el universo, es una prueba, es un salto de fe, tú contra la conserva, la conserva o tú. Puede que la desnutrición empezase a afectar seriamente a mis conexiones neuronales. Pero me vine arriba, con fuerzas redobladas, y recordé un destornillador que tenía en el coche.

Bajé a por él y subí las escaleras de dos en dos. Entré de nuevo en el piso y allí estaba. En el centro de la alfombra, donde la había dejado. Esperando. Desafiante. Hija de puta no sabes lo que te espera.

La acuchillé con el destornillador. Sin piedad. Hice cerca de quince agujeros y luego arranqué la tapa de cuajo con el mango. Me comí el atún con las manos, manchándome las comisuras de los labios, la camiseta, todo entero, de aceite de oliva. Me comí el atún con las manos de forma salvaje, primigenia, para celebrar mi triunfo.

Era solo una lata de atún, pero me sació más que mil cenas.


Era solo una lata de atún, pero yo sentí que me comía al pez entero. Me sentí un pescador de la almadraba, con mi oscura barcaza, cerrando el cerco y disminuyendo la distancia de la superficie a la red. Viendo como afloraba el bullicio de carnes al aire y al sol. Recuperando jarcia y tiñéndome con la espuma rojiza de la sal y la sangre.

4 comentarios:

  1. tu manera de escribir me hace acordar a alguien...pero no se a quien (que comentario tan útil no??)...en fin....que me gusta como escribes... creo que estas mas loco que yo y todo...hasta la próxima!

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  2. Más útil sería que, efectivamente, recordaras el nombre de ese alguien. Pero todas las comparativas son buenas, incluidas las que te equiparan a gente anónima.

    Y en cuanto a la locura, tendría que hacer un postgrado de la materia para alcanzarte a ti, que personificas el ideal de la artista pasota que termina haciéndose famosa. Je.

    Muchas gracias por tus visitas, y encantado con tus comentarios.

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  3. veo que has vuelto a los blogs.
    más corto y más directo.

    y que piensas mucho en comida.
    creo que todavía puedo imaginarte con el último bocado que encuentras en casa. la conserva o tú. tú o la conserva.




    esperando ese libro

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  4. He vuelto sí, no sé si para quedarme.

    Pero escribir aquí me alivia tanto teclear baselines para empresas dentales.

    Y más corto y más directo porque "la vida no está para prolegómenos".

    Je.

    Siempre pienso mucho en comida. La comida están el top 3 de cosas que más me gustan en el mundo. De tercera.

    El libro...

    Hemos generado tanta expectación que tendremos que publicarlo. Hemos hablado tanto en botellones que vamos a perder credibilidad si no se edita.

    La putada es que no depende únicamente de nosotros.

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