viernes, 29 de abril de 2011

SPARKS

Cada día paso por delante de una tienda de Bang & Olufsen.

Es una tienda cojonuda.

Una tienda que sin necesidad de poner precios en su elegante escaparate sabes que es cara. Una tienda que destila exclusividad.

La regenta, aunque en este caso el término suene demasiado a droguería; digamos que se encarga de ella, un hombrecillo trajeado que responde al nombre de J.R.

Cada día paso por delante del escaparate y me quedo embobado con esos altavoces de elitista reflejo negro mate.

Siempre pego mi cara al cristal dejándolo todo manchado de babas, es entonces cuando J.R. sale con un arma de última tecnología (de diseño danés) y me dispara un rayo láser mortal manchando doblemente el cristal del escaparate: sesos sobre babas.

Cada día.

En realidad no me dispara un rayo láser. Estoy mintiendo. Es cierto que sus ecualizadores de sonido emiten las ondas musicales con tanta pureza que puedes escuchar "hasta las gotas de sudor del batería que salpican los platillos", pero no han llegado a desarrollar tecnología digna del imperio del senador Palpatine (freak reference).


Ayer tenía la tarde libre y tuve una idea digna de la ociosidad.

Busqué el traje de fin de año en el ropero, le quité el polvo de las serpentinas.

Busqué unas gafas que le había robado a mi abuelo hace años: unas gafas de Dirty Harry. Unas gafas que mi abuelo usaba para conducir el camión y que parecen la prueba de que eres digno de vestir el traje negro de “Men In Black”.


Dicho sea de paso, mi abuelo pasaba muy poco por casa. Puede que el camión fuese la coartada para salvar al planeta de una perpetua invasión extraterrestre.

Quién sabe. Quién sabe algo de alguien. Quién sabe nada de nadie.

Busqué también una colonia que guardaba desde mi dieciocho cumpleaños, edad en la que te regalan una colonia de hombre para disimular la fragancia hormonal que todavía te define, y unos zapatos de Inditex, de esos que parecen caros pero no lo son, que completaban el conjunto

De esta guasa, vestido como un auténtico chulazo y caminando por la calle como si sonara de banda sonora universal Little Green Bag: a pasos largos de hombre destinado a grandes empresas y atropellando a los viandantes con un rítmico movimiento de hombros, encaré la puerta de la butique audiovisual.

J.R. por poco pierde un zapato en la presurosa carrera de encargado servil. Me estrechó la mano con fuerza mientras yo torcía el gesto, me quitaba las gafas, doblaba las patillas y las guardaba en el bolsillo de la americana sin variar el mohín de despectiva superioridad.

El traje hace al hombre y no al revés. Puta sociedad de la imagen.


Me interesé por el nuevo BeoSound8. Mola. Mola mucho. Todo lo que puede molar una base de altavoces de 995 euros.

Ni pestañeé con el precio. Sonreí. Migajas.

Me decía:

–Pruébelo y verá como suena. Ande, pruébelo. No hay nada igual en el mercado, no hay ningún zeppelin que se asemeje en calidad de sonido. Ande, ande –insistía diligente- ande, pruébelo y verá. Lo conectaremos aquí –dijo señalando un enchufe cercano.

Saqué mi ipod del bolsillo interior como quién saca un ticket de bus arrugado que hace tiempo que olvidó en las profundidades de tela. Mi ipod. El ipod para el que trabajé cincuenta horas en una feria gastronómica fregando platos. El ipod que valoro por encima de algunos amigos (algunos malos amigos). El ipod en el que ordeno de forma obsesiva mi biblioteca musical para que no falte ni una portadita.

Mi ipod. Sonreí. Migajas.

Lo instalé sobre la base mientras J.R. se desgañitaba enumerando las virtudes del BeoSound8. Es la hostia en realidad, si pudiese hacer más cosas dejaría obsoletos a aparatos de primera necesidad como las tostadoras.

Lo instalé en la base y busqué una canción que “lo petase”.

Sin pensarlo mucho elegí Tommy y elegí Sparks.

Lo petó.

La guitarra de Townsend cortaba el aire y despeinaba el flequillo lamido de J.R.

La hermana de Cameron Crow le decía en Almost Famous que si escuchara o escuchase Tommy a la luz de una vela vería todo su futuro. Yo no sé lo que diría el piedra rodante de C.C. sobre escuchar Sparks en una tienda de Bang & Olufsen.

Yo os digo que es toda una experiencia.


J.R. me decía –súbelo, súbelo sin miedo, para que compruebes la potencia- y yo como un loco dándole a la ruedecilla. Más y más. La gente se paraba por la calle, atónita, de la cantidad de sonido que traspasaba los cristales. Hubo algún accidente: la rueda de un Golf apareció dando botes desde un ángulo oculto de la carretera. Creo que una mujer rompió aguas en la acera. Y J.R. y yo mirándonos como dos desquiciados. Y yo sin dejar de girar la ruedecita, que todavía no había llegado al límite y ya debía habernos perforado un tímpano. Y J.R., con el pelo de aviador sin casco, moviendo los brazos como un boxeador enfadado al ritmo de la música. Y yo fuera de mí, en la primera fila de Live at Leeds haciendo pogo y tirando abajo media tienda con un perchero agarrado cual stratocaster.


Lo dicho. Toda una experiencia. Una "chisporroteante" experiencia.


Je.

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